Un cuerpo demasiado sensible para esta ciudad – Apuntes para pensar la ciudad

Un cuerpo demasiado sensible para esta ciudad

Por Cecilia Cruz
Arquitecta con enfoque de temas de género, ciudad y espacio público. Promotora de la comunidad “Ya no puedo esperar: baños públicos para todas” @Yanopuedoesperar

Mi primer contacto con la ciudad es el ruido. El chirrido estridente de las llantas raspando a toda velocidad las grandes planchas de concreto, marcando su territorio desde el primer minuto.
El claxon, que irrumpe sin pedir permiso en mis oídos, sale de mi sistema mediante una respiración acelerada, llena de un cóctel de contaminantes nocivos.
A veces pienso en los automóviles como monstruos que devoran transeúntes. Velociraptors que ocupan todo a su paso. Cuando estas bestias se acercan, mi estómago se revuelve tanto como la vista rápida de la ciudad que pasa por la ventana.
Monterrey es una ciudad difícil de habitar. El pavimento metálico irradia calor como un sartén. El aire parece quedarse atrapado entre la especulación inmobiliaria y las banquetas deterioradas. El olor a pipí de gato, desechos fecales y huevo podrido invade mis fosas nasales, algo que mi cuerpo no alcanza a procesar.
Caminar no siempre se siente como caminar. A veces se siente como atravesar una serie de obstáculos, como estar dentro de Mario Bros. Como estar constantemente alerta. Como esperar que algo no aparezca detrás de ti.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente era demasiado sensible. Que era demasiado.
Desde niña he percibido los estímulos de una manera que no siempre podía explicar. Algunas situaciones que para otras personas parecían cotidianas o comunes, a mí podían dejarme completamente exhausta y agotada.
Después de toda una odisea por diversos especialistas de la salud, en 2025 fui diagnosticada dentro del espectro autista. Una condición que acompaña a otro diagnóstico previo de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). De pronto, algunas cosas de mi historia comenzaron a tener sentido. Aquello que durante años había interpretado como una exageración, debilidad o incapacidad para adaptarme se convirtió en una forma distinta de percibir el mundo.
Desde ahí, el cuestionamiento hacia lo que me rodea se intensificó. Incluida la ciudad.
Me preguntaba cuánto de mi cansancio pertenecía a mi neurodivergencia y cuánto le pertenecía a una ciudad que no está planeada ni diseñada para cuerpos como el mío. Porque cuando hablamos de accesibilidad solemos pensar en rampas, barandales, señalización o elevadores, pero pocas veces pensamos en el ruido, el calor, los olores, la velocidad o la posibilidad de ir más lento. Pocas veces pensamos en lo que significa atravesar la ciudad cuando todos esos estímulos llegan al mismo tiempo.
Quizás el problema no es que yo sea demasiado sensible. Quizá también hemos construido ciudades demasiado agresivas, hostiles y ajenas a nosotras.
En medio de todo esto, los parques urbanos se han convertido para mí en una especie de refugio. Ver las hojas de un árbol sacudirse con el viento, jugar con la sombra que el árbol proyecta en el suelo y escuchar algo que no sea el ruido de un motor. Ahí mi cuerpo comienza, poco a poco, a bajar la guardia.

Quizás, solo quizás, una ciudad no debería responsabilizar individualmente todo aquello que hace daño, genera fricción o lástima. Una ciudad verdaderamente inclusiva debería responder a diferentes formas de vida. Una ciudad en donde las personas no se sientan, en cada minuto de su caminata, invisibilizadas.
No quiero que mi autonomía termine en la puerta de mi espacio privado. En casa he aprendido a hacer adaptaciones para que mi cuerpo tenga permiso de existir:desde bajar la intensidad de las luces hasta elegir texturas suaves que me amortigüen y olores que me recuerdan a la naturaleza, como lavanda, romero y manzanilla. Pienso que el espacio público también debería permitirme algo de eso.
No espero una ciudad completamente silenciosa o hecha a mi medida. Necesito una ciudad que reconozca que no todos los cuerpos sienten de la misma manera.
Quizás todavía estoy aprendiendo a habitar Monterrey, pero ya no quiero pensar en mí como un cuerpo demasiado sensible para esta ciudad.
Quiero reconocerme dentro de esta ciudad como un cuerpo caleidoscópico.
Que escucha.
Que huele.
Que suda.
Que se abruma.
Que necesita descansar.
Y también quiere salir.
Quiero seguir explorando la ciudad de la misma manera en que he comenzado a explorar mi propia neurodivergencia: con curiosidad, con muchas preguntas y con la posibilidad de descubrir que aquello que alguna vez pensé que estaba mal en mí quizá solamente estaba pidiendo ser escuchado.
Quizás habitar la ciudad también puede ser eso. Encontrar una forma de estar en ella sin dejar de estar en mí.


Comentarios

Deja una respuesta

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo