Monterrey se ha vuelto un lugar aburrido… – Apuntes para pensar la ciudad

Monterrey se ha vuelto un lugar aburrido…

Por Cesia Escobar
Politóloga por la Universidad Autónoma de Nuevo León y fundadora del proyecto de divulgación @paandurata

Hace semanas vi este comentario en una publicación que anunciaba el cierre de “las bicicletas de fundidora”. El usuario que dejó el comentario decía que cada vez hay menos atracciones en Monterrey, y para él esto significaba que se estaba volviendo aburrido…
Su comentario me dejó pensando mucho, principalmente porque ya tenía semanas reflexionando acerca de la falta de espacios para el ocio, la diversión y el descanso, que fueran accesibles, seguros y que permitieran divertirse sin presión o compromiso. Leer ese comentario, tan espontáneo y directo, terminó por darle forma a este pensamiento y por confirmar que no se trata de algo aislado, sino un sentimiento compartido.
Poco antes del anuncio del retiro (temporal) de las bicicletas, también se daba a conocer el proyecto de privatización de la Plaza gastronómica, impulsado por el gobierno del estado, a través del Parque Fundidora. En el proyecto difundido, la plaza se adecuaría para dar lugar a 60 cajones de estacionamientos y un drive thru.
Un espacio público se transformaría para beneficiar el coche y a un negocio privado[1]. Con esta decisión, aparentemente técnica y funcional, se reafirma una idea de ciudad donde el espacio público, como un parque, es siempre lo primero que puede sacrificarse, siempre que el sacrificio sea rentable o “práctico” para algunos sectores de la población.

“La forma física de las ciudades es, por tanto, un producto de las fuerzas del mercado y del poder del gobierno”

– Giddens y Sutton

Estas decisiones no son casos aislados. Se diseñan, planean y muchas veces se ejecutan, en una zona metropolitana de Monterrey, con un déficit de parques públicos y áreas verdes. En este contexto, los espacios públicos, dignos, cercanos, seguros y en buen estado son la excepción y no la regla.
Estas decisiones forman parte de un modelo de ciudad que privatiza, donde el espacio que existe debe priorizarse para el traslado del coche particular y con fines comerciales.
Bajo esta lógica, la oferta de planes para el ocio y el descanso giran alrededor del consumo y la compra o renta de servicios, en algunos casos con costos muy elevados. En este contexto pocas veces los planes se desarrollan a partir de la creatividad, del cuerpo, la imaginación y las emociones como únicos recursos.
Este modelo de ciudad normaliza y permite a las autoridades, la privatización del espacio público y el abandono de los pocos espacios que sí existen, sin generar resistencia o incomodidad. No porque no se reconozca que está mal, sino porque las propuestas por las que se reemplazan son atractivas, porque el consumo genera estatus, percepción de poder y pertenencia en un lugar como Nuevo León.
La percepción de que “no hay planes” no habla solo del aburrimiento. Habla de una ciudad que ofrece pocas posibilidades de encuentro y convivencia fuera de la lógica del consumo. Habla de la dificultad para acceder al disfrute sin pagar[2], de los pocos espacios donde la presencia, sin producir, comprar o cumplir un rol, sea legítima y bien vista.
Cada vez es más común que uno de los planes de esparcimiento de las familias regiomontanas:

  1. Impliquen consumo de productos o servicios,
  2. Sean visitas a plazas comerciales o espacios de comercio.

Cuando la segunda opción es la más cercana y cómoda, la primera se vuelve una exigencia para poder permanecer en el espacio y no ser señalado por ir solo a “no hacer nada”.
Esta dependencia no surge de la nada. La falta de espacios públicos (como parques o canchas), de propuestas culturales y artísticas itinerantes, o de espacios culturales en las periferias o
descentralizadas, obliga a la población a pasar sus días y momentos de descansos en la oferta más popular | las plazas comerciales | en sus diferentes versiones y tamaños.
La percepción de lo aburrido aparece entonces como un síntoma, cuando frente a nosotrxs hay propuestas limitadas, cuando no podemos diversificar las opciones para el disfrute, cuando los planes se reducen a caminar dentro de un espacio privado viendo mostradores. Espacios como los centros comerciales o drive thru están diseñados para circular, consumir y salir, no para quedarse. Lugares que, como diría Marc Augé, funcionan como “no-lugares”, espacios de tránsito, intensos pero efímeros, donde la experiencia es individual (en la mayoría de los casos), anónima y difícilmente colectiva y de interacción.
La generación de los “no lugares”, de espacios sin identidad ni arraigo, ha sido señalada por especialistas en urbanismo y arquitectura que advierten cómo, bajo una lógica productivista, “funcional” y que responde al capital, las ciudades tienden a pensarse como una suma de objetos eficientes y necesariamente productivos. Objetos desconectados entre sí, de su contexto y de su historia. Ciudades que funcionan para la producción, pero que cada vez ofrecen menos posibilidades para el encuentro, la permanencia y la vida en común.
Y ¿ya pensamos en la relación entre el ocio en el espacio privado y el deseo de consumo, incluso cuando rebasa nuestras posibilidades económicas? Se desea, se compara, se excluye. El deseo permanece, se impone frente a las necesidades, y se vuelve indicador de valor social. En esta dinámica también aparece la comparación con el otrx y la sensación de carencia. Podemos llegar a pensar “que algo nos falta” aunque lo que falte en realidad sean espacios que nos permitan existir sin orillarnos al consumo.

Tal vez por eso el ocio y el descanso en el espacio privado no son neutrales, operan como un mecanismo constante de presión.

Volviendo a la plaza gastronómica, las reflexiones de quienes se opusieron al proyecto y lograron detenerlo para dialogar con las autoridades y priorizar el espacio público resultan fundamentales en una ciudad que se diseña desde el consumo y el capital.
Defender el espacio público es defender la vida urbana. Es defender nuestro derecho a ocupar espacios sin tener que pagar por existir en ellos. Es exigir que las autoridades municipales y estatales diseñen proyectos que beneficien a la población, no a negocios privados.
Es también defender la seguridad, porque como lo señaló Jane Jacobs, la vida en la calle y la vida comunitaria también genera procesos locales de cuidado y vigilancia.
Cuando hablamos del espacio público no solo hablamos de la infraestructura. Hablamos del impacto que genera en la población, de su capacidad de transformar comunidades, de su importancia en la convivencia colectiva, la confianza, y la construcción de redes de apoyo locales. El espacio público es lugar de encuentro para diferentes actividades, mismas que se ponen en riesgo de permanencia cuando los espacios y sus usos se reducen o privatizan.
Quizás Monterrey no se esté volviendo aburrido y es algo más profundo. Tal vez se está volviendo una ciudad donde cada vez es más difícil estar y utilizar nuestra creatividad. Una ciudad que, por sus prioridades, limita nuestra capacidad de imaginar, crear y convivir. Eso más que aburrimiento es una forma de empobrecimiento de la vida urbana y colectiva, y de robo de espacio.

Textos y materiales de consulta:
Jane Jacobs, Muerte y Vida de las grandes ciudades.
Marc Augé, Los No Lugares, Espacios del Anonimato
Anthony Giddens y Philip W. Sutton, Sociología
Plaza Sí, Parking No. Disponible en: https://plazasiparkingno.wordpress.com/


[1]Lamentablemente la información compartida por la autoridad no incluía el nombre del negocio privado que se vería beneficiado con este espacio.
[2]O pagar tarifas accesibles a las que más personas puedan tener acceso, principalmente acceso a familiar de varios integrantes pero donde el ingreso económico se concentra en una persona.

Cesia Escobar (@paandurata), es politóloga con experiencia en procesos participativos para la incidencia. Su trabajo se centra en la defensa del territorio, la construcción de entornos justos y en la colaboración en temas de movilidad, seguridad, derecho a la ciudad y justicia social. Tiene un proyecto independiente y autogestivo de creación de contenido político con perspectiva de clase y de género que se difunde en redes sociales. Para ella escribir, como acto cotidiano, es resistencia y revolución, desde las ideas y narrativas.


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